En Entrevistas

A Natalia Fanlo le gustan los bichos. Lo dice ella y lo corrobora su decisión de dejar un trabajo de 7 a 15 horas y de lunes a viernes para irse al campo y hacerse cargo de 1.400 ovejas que pastan en los términos de Gelsa y Velilla. Y todo por la más profunda de las razones existentes: vocación o locura.

-Lo suyo fue una decisión ¿esperada?

-Inesperada y esperada a la vez. Siempre me han gustado los bichos, mi abuelo y mis primos se dedican al ganado, mi padre no. Así que dejé mi “cómodo” trabajo en un laboratorio y me incorporé como joven ganadera en el ovino. Puedes llamarlo locura o vocación. Y además, ¡hombre o mujer, da igual, lo que sorprende es que alguien joven se dedique al ovino!

-Usted no partía con patrimonio inicial…

-No, en mi caso las ayudas a la incorporación han resultado fundamentales. Me parece muy bien que existan porque en el sector primario hay que apoyar, sobre todo, en los comienzos. Sin embargo, veo un pequeño defecto. Recibes ayudas al principio ¿y después? No defiendo que nos den ayudas siempre, sino que el campo sea un negocio para que la gente opte por él. No podemos ir concediendo ayudas a jóvenes para que, pasados unos años, no puedan seguir por falta de rentabilidad en su explotación.

-Ahora el campo está revuelto…

-Creo que en la falta de rentabilidad encontramos el principal escollo para que la gente se quede en el campo. Yo comprendo que todos debemos ganarnos la vida: el transportista, el de la tienda… pero no puede ser que se compre barato al ganadero y ese mismo producto se venda caro-o muy caro- al consumidor. En ganadería-y en todo-hay que mejorar los precios en origen, porque en muchos casos sólo se cubren gastos y poco más. Así no hay manera de que haya futuro en los pueblos. Por ejemplo, durante el confinamiento se desplomaron los precios del cordero y no fue sólo porque cayó la demanda…

-Un sector complicado…

-Este negocio no es la panacea. Resulta duro, de plena dedicación, de lunes a domingo. No me arrepiento, pero si comparamos la cantidad de horas que invierto con el dinero que queda…

-¿Cree que el consumidor sabe lo que compra?

-A los productores españoles nos exigen mucho y me parece bien. No obstante, no se mantienen las mismas reglas con la carne importada. Voy a poner el ejemplo del lechal español o francés. En Francia, su lechal se valora como un subproducto ya que sus madres son ovejas de leche y, en muchas ocasiones, los crían con leche artificial. En España, el cordero lechal significa un producto de primerísima calidad, de ovejas madres destinadas a carne. Tú vas al súper a por lechal y compras el francés porque resulta más barato… ¡y tú feliz! Pero, ¿y la calidad? ¿y el etiquetado?, ¿y la trazabilidad? Debería ser todo más exhaustivo porque el consumidor, al final, decide su compra sin saber.

-Empadronada en Tauste, pero sus ovejas entre Gelsa y Velilla…

-Aquí hay buenos pastos, Tauste se encuentra muy poblado de animales.

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