En Boletín, Entrevista 2023 - 2027

La reciente obtención de la Indicación Geográfica Protegida (IGP) para la Trufa Negra de Teruel culmina un proceso de décadas de trabajo colectivo. Daniel Brito, presidente del Consejo Regulador, repasa la evolución de un sector que ha transformado el territorio, convirtiendo a Teruel en referente mundial de la truficultura y logrado el primer reconocimiento europeo a este producto.

¿Qué se siente al haber terminado el proceso de reconocimiento de la IGP Trufa Negra de Teruel?

Se siente una emoción enorme. En mi caso, somos tercera generación de buscadores de trufa, que empezaron allá en los años sesenta y que todavía viven para ver este logro. Poder compartir con ellas este reconocimiento es una gran satisfacción. Han luchado mucho por quedarse en el territorio y vivir de él, y ver que todo ese esfuerzo ha dado sus frutos es una gran satisfacción.

La provincia de Teruel cuenta actualmente con más de 10.000 hectáreas de cultivo. ¿Cómo comenzó la historia a partir de esas primeras generaciones?

Todo empezó porque la gente que vivía aquí tenía tierras muy pobres, donde otros cultivos apenas funcionaban. Además, estamos hablando de una provincia fría y con mucha altitud. En aquellos años, algunas familias observaron algo que les llamó la atención: personas procedentes de Cataluña o Francia acudían a estos montes a buscar “algo”. Se trataba de trufas, y así comenzaron a recogerlas los propios habitantes para venderlas posteriormente.

En 1962 se creó el mercado de Venta del Aire, una pedanía de Albentosa. Allí, los recolectores locales recogían las trufas durante la semana y las vendían los fines de semana a quienes acudían a comprarlas. Más adelante se empezó a regular la actividad estableciendo fechas y horarios para la recolección.

Sin embargo, a mediados de los años ochenta comenzó a observarse una reducción de la producción silvestre. Había menos ganado en los montes, menos mantenimiento del territorio y cambios en las condiciones climáticas. Fue entonces cuando surgió la necesidad de buscar alternativas.

¿Ahí fue cuando se dio el salto definitivo a la truficultura?

Sí. Ahí fue fundamental el papel de Francisco Edo, que estaba realizando su trabajo de fin de grado sobre el cultivo de la trufa y descubrió que en Francia se estaban inoculando plantas para producir trufa cultivada. Un grupo de personas de la zona viajó allí para comprobarlo y verificó que el sistema funcionaba.

Luego, apareció otra figura clave, Juan María Estrada, que había trabajado en Francia e Italia precisamente inoculando plantas. Gracias a sus conocimientos se realizaron cursos en Sarrión y comenzaron a establecerse las primeras plantaciones. A partir de ahí nacieron los viveros y la truficultura como sector organizado.

Y así llegamos hasta la actualidad. Antes éramos nosotros quienes viajábamos a Francia para aprender, y ahora son los demás países quienes vienen aquí para formarse. Nos hemos convertido en un referente mundial de la truficultura.

También fue decisivo el apoyo de las administraciones. La Diputación de Teruel impulsó ayudas para reforestar con carrasca, incluida la carrasca trufera, lo que animó a muchas personas a iniciar las plantaciones. Ese respaldo también fue importante para consolidar el sector.

¿Cómo surge entonces la idea de impulsar una IGP para la Trufa Negra de Teruel?

Nosotros lo definimos como una cuestión de madurez del sector. Una vez disponíamos de productores, comercializadoras, trazabilidad, calidad y cantidad suficiente, ya hubo base suficiente para optar a la IGP. Era el siguiente paso lógico.

¿Qué aporta este reconocimiento a los productores?

Esperamos que tenga una respuesta muy positiva en los mercados. Además, una IGP protege el producto, el territorio y, sobre todo, una manera de hacer las cosas. Lo importante es que los productores no tendrán que modificar sustancialmente su forma de trabajar porque ya cumplen con los estándares exigidos. Precisamente por eso hemos conseguido este reconocimiento. Por supuesto, siempre habrá margen de mejora, pero partimos de una base muy sólida.

¿Qué garantías ofrece la IGP al consumidor?

Una de las principales ventajas es que permitirá garantizar que la trufa comercializada bajo este sello es auténtica Tuber melanosporum producida en nuestro territorio.

Esto es especialmente importante porque en el mercado existen numerosos productos trufados cuya relación con la trufa negra auténtica puede generar confusión. Así que, el siguiente paso es precisamente ese: avanzar en la incorporación de la trufa certificada a productos elaborados.


Esta pieza informativa se enmarca en el Servicio de Promoción y Calidad Agroalimentaria dentro de la Dirección General de Innovación y Promoción Alimentaria, y se incluye en la intervención 7131 que recoge la “Cooperación para promover la participación en los regímenes de calidad de los productos agrícolas y alimenticios”. El presupuesto total de la misma en el periodo 2023-20237 es de 1.600.000 € a través de los fondos FEADER del PEPAC.  

El Plan Estratégico de la Política Agraria Común 2023-2027 (PEPAC) representa la mejora de la productividad y de la competitividad del sistema agroalimentario como base de la economía y de la generación de empleo rural, la gestión sostenible de recursos naturales y la acción por el clima y el desarrollo territorial equilibrado.

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