En Entrevista 2023 - 2027

En apenas un cuarto de siglo, la Cooperativa La Calandina ha pasado de gestionar un millón de kilos de fruta a superar los 6,5 millones, una explosión productiva que ha transformado el paisaje de Calanda. Ramón González, técnico de la entidad, analiza las claves de este éxito: la conversión del secano en regadío y el apoyo constante de las ayudas a la agroindustria. Sin embargo, tras las cifras de récord, González lanza una advertencia sobre el futuro del sector: la supervivencia de los pueblos depende de proteger al agricultor frente a los fondos de inversión y de mantener la lealtad a un modelo cooperativo que ya cumple medio siglo de vida.

¿Qué importancia tiene una cooperativa como la Calandina en el desarrollo rural del territorio?

La importancia que ha tenido la cooperativa en el pueblo de Calanda y para sus socios es muy clara. El año pasado cumplimos el 50 aniversario y, desde sus inicios hasta hoy, lo que hemos conseguido es agrupar a una gran cantidad de agricultores, que ahora son socios, para poder defender el producto que se produce en la cooperativa. También a la hora de hacer compras, porque unidos conseguimos mejores precios. En resumen, se trata de defender la economía del agricultor y, en este caso, de los socios de la Calandina.

¿Qué importancia han tenido las ayudas para vuestro proyecto?

La importancia es fundamental. Sin las ayudas, muchas de las inversiones que hemos realizado tendríamos que pensarlas mucho más o directamente no podríamos hacerlas. Gracias a ellas podemos seguir adelante, estar al día en tecnología y poner en marcha mejoras en nuestro producto y en nuestras instalaciones.

¿Cuál es el reto más inmediato que tenéis?

El reto es adaptarnos a los tiempos para no quedarnos atrás y seguir siendo competitivos. Y eso pasa por ser leales a la cooperativa. Una cooperativa sin socios no es nada, así que tanto la compra como la venta del producto debe canalizarse a través de ella. Es fundamental seguir trabajando como un equipo.

¿Existe relevo generacional en vuestro caso?

En la Calandina, por suerte, tenemos relevo generacional, y eso es gracias al regadío. Tanto en Calanda como en el canal Calanda-Alcañiz contamos con unos buenos sistemas de riego, ya sea por goteo o aspersión, que sirven de infraestructura a la gente que se incorpora.

¿Cómo ha cambiado la fruticultura en este tiempo?

El cambio ha sido enorme. En el año 2000, en la Calandina se movían entre 800.000 y 1.200.000 kilos de fruta. Hoy, 26 años después, estamos en torno a los 6,5 millones de kilos. Esto ha sido posible gracias a la transformación del secano en regadío, impulsada por ayudas y por infraestructuras como el canal Calanda-Alcañiz, que abarca unas 4.400 hectáreas, además de otros sistemas de riego como los del Guadalopillo o el Guadalope. Esto ha permitido parcelas más grandes y rentables. A ello se suma el crecimiento en otras áreas como la almendra, oliva y cereal.

¿Qué relación hay ahora con los distintos mercados?

El cereal está mal, la oliva se mantiene, la almendra ha tenido precios aceptables, pero el melocotón hay que trabajarlo mucho. Es un producto en el que se puede ganar dinero, pero los costes de producción y de mano de obra están subiendo cada año. Para poder subsistir hay que defender bien el producto, hacerlo con calidad y darle valor añadido, como ocurre con el melocotón embolsado de Calanda.

¿Con qué sueña la cooperativa a medio plazo?

Que dentro de unos años sigamos yendo a más o, al menos, manteniendo lo que tenemos. Ir a menos sería malo tanto para la agricultura como para los consumidores. Es fundamental defender las explotaciones agrícolas familiares, porque si desaparecen y entran empresas inversoras, se genera una competencia desleal. Cuando no hay relevo generacional, es fácil vender, pero eso es pan para hoy y hambre para mañana. Las explotaciones familiares no se pueden dejar caer y eso es lo que defendemos desde la cooperativa.

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