El Plan Estratégico de la Política Agraria Común (PEPAC) 2023–2027 no es solo una línea de ayudas para Aragón: funciona como una palanca de transformación en el medio local. Su previsión final apunta a una inversión global de 575 millones de euros, dentro de un modelo de financiación que ha contado con reconocimiento expreso de su buena gestión en periodos anteriores. Pero, más allá de las cifras, el plan busca dejar una huella concreta en el territorio: más empleo, más jóvenes incorporados, explotaciones más modernas y una red de iniciativas público-privadas que ha impulsado a la población rural aragonesa.
Ese impacto se mide, sobre todo, en personas. El PEPAC contribuye a la creación de empleos directos, con una presencia muy significativa de jóvenes y mujeres, y facilita la incorporación de jóvenes agricultores gracias a 57,5 millones de euros movilizados en el ámbito sectorial. El resultado no es menor: en un contexto de despoblación y relevo generacional frágil, el plan ayuda a sostener una actividad que de otra forma sufriría consecuencias difíciles de revertir.
En el territorio, la aplicación del PEPAC se percibe en decisiones cotidianas que afectan, primero de todo, al paisaje. En el Parque Natural de la Sierra y Cañones de Guara, el presidente de su patronato José Luis Otín resume bien esa lógica: “el parque no puede entenderse solo como un entorno de naturaleza salvaje, porque está habitado y ha de buscarse también el equilibrio con que haya población y actividad económica”. Su testimonio subraya que mantener campos cultivados y ganado “no es una nostalgia del pasado, sino una forma de prevención frente a los incendios y de garantía para conservar el propio patrimonio natural”.

Por su parte, David Pérez, presidente de la Comunidad de Regantes de Binéfar, muestra el otro rostro del desarrollo de grandes extensiones de terreno: “la modernización del regadío ha permitido pasar del riego a manta a una gestión presurizada y controlada, con ahorro de agua, menos tiempo de trabajo y la posibilidad de organizar el riego incluso desde el móvil. Esto antes requería de pasar el día entero en el lugar sobre el que se iba a actuar”.


Más allá de lo puramente material, las inversiones del PEPAC marcan una dimensión humana mucho más directa, donde cobra sentido apuntalar y dar continuidad a los legados familiares del campo. Sara Lorente es un ejemplo de ello. Su explotación abarca trufa, almendro, cereal, ganadería porcina, y una dedicación que exige no solo planificación, sino asesoramiento técnico para sacarla adelante. “Porque la PAC ya no se puede abordar como un trámite más, sino como una parte central de la viabilidad del negocio”, indica.


Otro testimonio de buenas prácticas es el de Elvira Samper, joven agricultora en Caspe, que representa la nueva generación del campo. Ella no solo buscaba un modo de vida, quería además poner al día su explotación, en concreto, dando un salto en la digitalización de los procesos. “Es un sector difícil, pero también muy enriquecedor. Quizá ahora, con lo que he aprendido, matizaría algunas cosas, pero no cambiaría la decisión de volver a incorporarme”.

Así, manteniendo un tejido de producción sano, se pone una base sobre la que construir valor añadido que refuerce la economía rural. Aquí entran las figuras de calidad y las nuevas iniciativas agroalimentarias, que han encontrado en el PEPAC un aliado formidable. Juan Carlos Brun, presidente de la IGP Ternasco de Aragón, recuerda que “la calidad necesita promoción, control y, especialmente, relevo”. Es en casos como este donde se nota el impacto de la gente que decide sumarse, ya que contribuye a la elaboración de uno de los elementos culinarios más valorados tanto dentro como fuera de Aragón.


El capítulo de la colaboración público-privada a través de los fondos LEADER completa el retrato de un PEPAC que no se limita a financiar actuaciones aisladas. Según Nacho Robredo, uno de los beneficiarios y gerente de Queso d’Estrabilla, este plan ha dado la posibilidad a pequeños empresarios para poder empezar su proyecto “y acelerar una evolución que, sin ese empuje, habría sido mucho más lenta”.

Esa orientación refuerza una idea que atraviesa todos los testimonios: cuando las políticas públicas se diseñan desde el territorio y para el territorio, el resultado no es solo una ayuda puntual. El Plan Estratégico de la Política Agraria Común 2023–2027 ya ha ayudado a cubrir las necesidades de varios proyectos de vida que explican mejor que cualquier balance administrativo por qué el campo sigue siendo una cuestión de estado. Ha demostrado que conservar, producir y habitar el territorio no son objetivos contrapuestos. Son, precisamente, las condiciones para que Aragón siga teniendo futuro en sus pueblos.

